Los últimos días del viaje los pasamos en Varanasi y Mumbay.
Fue un final maravilloso que resumimos brevemente.
En Varanasi (Benarés);
Rescatamos a un francés de su propia estupidez nada más aterrizar en esta ciudad mágica y caótica, dejándole recuperarse de un viaje de Bang Lassy en un pseudo-templo de Shiva.
Contemplamos las incineraciones de cuerpos en los crematorios. Nos aburrimos viendo el interminable ritual nocturno al Ganges.
Visitamos los templos de Durgha y entramos sorprendentemente y sin darnos ninguna importancia en el Templo Dorado, donde solo permiten entrar a los hindúes (cosa de la que nos enteramos a posteriori) y donde flipamos en colores entre las meadas de mono y el fervor circundante.
Hicimos una ofrenda a Ganga por Olga y los bebes en camino.
Regateamos hasta la saciedad en los bazares llenando nuestras mochilas hasta el umbral del reventón.
Nos dimos un masaje ayurvédico que nos dejó flotando.
Seguimos gozando de la gastronomía hindú y nos alojamos en el hostal de una pareja hindo-española con unas vistas increíbles sobre el río, pero eso si faquir cama para no romper la costumbre.
Alucinamos con los miles de lingams que decoran las calles cubiertos de flores y otras ofrendas.
Tuvimos la oportunidad de poner a prueba los aeropuertos hindúes quedando muy satisfechas del vuelo al que casi no llegamos porque la fregoneta que nos llevó hasta allí, como es costumbre en la India, se resistía a funcionar.
En Mumbai: pasamos todo el calor que no habíamos pasado en el resto del viaje. Compramos 5 kilos de especias haciendo felices a los 14 empleados del puestecillo de 2x2 metros, en el Crawford Market.
Recorrimos las zonas chabolistas de Colaba, entre sonrisas y música por todas partes.
Nos dejamos la piel, el sudor y los pies recorriendo la costa oeste de Bombay de camino a la playa de Chowpatty. Y pateamos la colina de Malaba para ver un súper templo jainista, los jardines colgantes y las torres del silencio (que no encontramos o no vimos).
Acabamos agotadas despidiéndonos de la India con una puesta de sol oculta por la polución en un parque donde la policía moral hacia de las suyas.
El regreso tuvo lugar entre malestar estomacal de Salomé, los europeos estúpidos que no nos dejaron sentarnos juntas en el avión a pesar del tonillo verde de la enferma y muchas turbulencias. Nuestro aterrizaje en el aeropuerto de Munich nos trajo de un golpe de vuelta al mundo brillante e impersonal de la técnica y el consumismo, pero agradecimos el té gratis por todas partes y sobre todo los achuchones al aterrizar en Madrid.